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martes, 26 de mayo de 2009

Retrospectiva

Se supone que para escribir algo descente tienes primero que haber escrito un millon de tonterias, escribir de a mucho y a diario.
Aparentemente yo he incumplido todas las reglas, menos la primera.
Pero más que escrito, he hecho y pensado un millon de tonterías.
Me atrevería a decir que algo más que la media a mi edad, basandome en el hecho de que mis desvarios abarcan más que moda, estatus y hombres; no presisamente en ese orden.
Pero, sobre todo, me considero demasiado ingenua: credula. Capaz de confiar en cualquier indigno de confianza.
¡Cuanos plantones no me han dado a lo largo de mi corta vida por culpa de tan futil defecto!
Al mirar atras me averguenzo de mi misma, por no aprender del error ajeno, y muchas veces del error propio.
¿Pero qué es lo que me hace falta para hacerme cambiar de una buena vez?
Es cierto: todos merecemos una segunda oportunidad. Pero yo debería ser capaz de negar una 4ta, 5ta, 8va...
Lamentablemente tengo claro por qué me pasa: me aterra perderlos. Pues, tal parece que tengo tan poca autoestima que adoro por momentos a aquellos que se dignan en prestar un poco de su tiempo, su atención.
Una sonrisa, una palabra amable: es todo lo que se necesita.
¡Pero que me aspen si no es endemoniadamente escaso!
Necesito de ellos cuando me siento tan terriblemente sola y despechada como ahora.
No queda más que tragarselo todo: llorar en publico no es una opción.
En el ambiente flota una musica melancolica que no me ayuda en lo más minimo.

Odio los finales, se me dan fatal. Los principios son más faciles de sobrellevar.

viernes, 28 de diciembre de 2007

Las ventajas de ir al cine entre semana.

Practicamente me vendría del gusto si uno de estos días tuviese el cine solo para mí. El miercoles pasado casi lo logro, por desgracia, terminamos siendo cinco el la sala. El hecho de que hubiesen tenido que pasar la pelicula unicamente por mi -cliente no asiduo- me habría elevado el ego a alturas que ni superman en sus buenas. La electricidad, el aire acondicionado que te congela hasta el pensamiento, el sujeto que va, enciende el reflector y se larga hasta que tenga que vorver a cambiar el rollo de la pelicula; las dependientas de la tiendecita en la que, sin siquiera hacer fila, compro las palomitas interminables que no me duran ni hasta que terminan los anuncios y el vaso grande de refresco que tiene siempre la manía de concluir su viaje a traves de mi organismoo justo a mitad de la pelicula.

Mi tacañeríame obliga a aguantarme- cosa un tanto riesgosa cuando se ve una comedia- y a riesgo de humedecer y aromatizar la sala logro terminar de ver la pelicula antes de lanzarme como un coche-bomba hacia el baño más cercano: la meada de la victoria: no derperdicié ni un solo centavo dee los miserables 100 pesos que pagué por la entrada. Más bien he hecho perder dinero al cine: eso me enorgullece por dentro.